21 ene 2012

La tercera y última entrada consecutiva que te voy a dedicar.

Estoy a favor religiosamente de aquella idea cruda e imponente que afirma que cada persona solo puede alcanzar el grado de verdad que es capaz de soportar. A la realidad la dibujamos subjetivamente a nuestro gusto, placer y conveniencia. Incluso me animo a decir que en el momento de realizar esos precisos trazos, cada uno crea su realidad elástica pero inherente a la vez, cual Dios aburrido del infinito vacío. 
Atravesamos nuestra fugaz existencia creyendo voluntaria y -es hora de hacerse cargo y dejar de culpar al supuesto inconsciente- conscientemente en nuestras creencias semi-vacías -fundadas prácticamente en la nada- y fantasías que no nacieron más que para ser modos defensivos y funcionar a la vez como soporte que nos permita lidiar en (aquello a lo  que convencionalmente se le llama) la hostilidad del mundo. Estamos todo el tiempo buscando un sentido, aunque para mí lo misterioso y emocionante (?) de la vida está en que carece de él casi por completo. 




Yo no quiero volver a concluir en lo mismo, pero no lo puedo evitar. Fue más fácil cerrar los ojos y pensar que sí me querías. Lo pienso. Lo quiero creer. La evidencia de lo contrario fue lo que estuvo tirándome de las pestañas durante todo este tiempo. Pasé dos meses entretejiendo yo misma una relación uni-personal, mientras vos solo me dabas el  vago consentimiento. ¿Qué sentirás por mí? ¿Sentirás? ¿Sentiste? Nunca lo voy a saber, pero mi sustantividad se transformó en un cuadro imaginario y hermoso que perdió la oportunidad de existir segundos después de haber sido pensado. 
No me dejaste nada para rescatar. Yo estaba desierta cuando apareciste, y ahora me dejaste patéticamente devastada. Me siento una pelotuda. Perdí la poca constancia que a duras penas me esforzaba por mantener.  


Estoy vacía, no tengo más nada para dar; pero a la vez tranquila, yo ya no te espero.